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domingo, 23 de febrero de 2014

Thirsty.

Tum, tum. Tum, tum. Tum... Tum... Tum... Tum...
Su corazón se apaga, el brillo de sus ojos se desvanece, los gritos cesan. Pero no mi sed de sangre. Miré al cielo, en busca de comprensión mientras mis fríos y pálidos brazos dejaban el cadáver con cuidado y sin ápice de pena el cadáver de la chica en el suelo. Me limité a mirarla por última vez y bajarle los párpados, los seguía teniendo abiertos, no había dejado de mirarme mientras drenaba su sangre. Respeto, nada más. Me levanté y eché a correr, olfateando con avidez el aire. Me llevó a un barrio nuevo, uno residencial, donde la gente aún no era muy conocida en la ciudad, una sosa urbanización de casas iguales rodeada de un precioso bosque. Anduve a una velocidad humana, limpiándome las manos de sangre con un pañuelo que tenía guardado en uno de los bolsillos de los vaqueros. Me detuve frente a un mapa situado al principio de la urbanización, viendo, sin observar, las sosas hileras de casas iguales color pastel. De repente, me acordé del por qué de mi estancia en esa urbanización: La sed de sangre aumentaba.
En un abrir y cerrar de ojos, estaba situada en la calle más pegada al bosque, bastante vacía, a mi pesar, pero algo en el ambiente me atraía y pronto descubrí el qué. Situado al fondo de la calle, en un banco nuevo, recién pintado y sobre él, estaba un chico, de unos quince, quizá dieciséis años. Me acerqué a él, me senté a su lado y él me sonríe, sonrojándose y pensando qué hace una chica como yo, mayor que él e indudablemente la más guapa que ha visto en su corta vida, sentada a su lado y poniéndole ojitos. Reí suavemente y el joven se sonrojó más, su pulso se disparó y me abalancé sobre él sin pensarlo, drenando su sangre, saboreándola cuando ésta acaricia mi lengua. Necesitaba esto.
Cuando acabé con él, lo oculté tras los primeros árboles del bosque y algo en mi interior me decía que me estaban observando. No me equivocaba. Alcé la vista y vi una silueta de un joven algo más mayor que yo, cuyos ojos amarillentos buscaban los míos. Estaba tan bien oculto que solo distinguía su rostro y sus pies descalzos, lo suficiente para soltar un jadeo y comenzar a retroceder, asustada. "No es posible, tú no. Largo, siempre estás en mis pesadillas, no salgas de ellas". Me giré y eché a correr por las calles, doblando una esquina para perderle de vista cuando sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda y todo se volvió negro.

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