<<Un grupo de enfermeros me rodea, están esperando que abra la boca, impacientes, quieren seguir con lo suyo. Me paso la lengua por los labios y comienzo a decir lo que el doctor me dijo hace tan solo una hora:
-Como bien sabéis, el doctor Lawrence no es uno de los nuestros y le gusta experimentar con... Pacientes que él considera especiales. -Me estremezco, los vampiros siempre me habían dado repelús y más si poseían algún tipo de don o poder-. Bien, van a traer al hospital a una nueva paciente. Va a ser su paciente. De momento no sé nada más, pero el doctor ruega que no se le hagan preguntas. Dice que este puede ser su gran experimento y logrará algo que nadie más ha logrado. No os ofrezcáis para ayudarle, él escogerá a los que considere oportunos. -Sacudo mi pelo, metiéndome las manos en los bolsillos de la camisa blanca del trabajo-. Ya podéis volver a lo vuestro.
Bajo de la silla donde estaba subido y salgo del pasillo de la sección de Enfermedades Mentales para volver a entrar en unos segundos.>>
***
Sabía perfectamente que estaba en un hospital en cuanto mi cuerpo tocó la camilla y, acto seguido, ya me estaban llevando por los pasillos. Me ardía la cabeza, el golpe no me había sentado nada bien, sentía mi propio pulso en mis oídos. Hacía tanto que no lo sentía...
Comenzaba a oír mentes. Mentes preocupadas por la gente, mentes preocupadas por la mayoría de las cosas. Intenté respirar, aunque no me hiciera falta. Olía fatal, a látex y medicinas. Apenas oía nada, tenía los oídos más que taponados pero, poco a poco, iba distinguiendo voces.
-No respira... -Mentira, lo acababa de hacer, pero aquella voz masculina parecía alterada-. Tampoco tiene pulso. -No lo decía de forma preocupada, más bien lo decía como si fuera natural en mí.
-No te has fijado bien, pero ha respirado hace tan solo unos segundos. Una ligera bocanada de aire innecesario -Era una voz grave, refinada y elegante; resaltaba que era un vampiro-. Tenemos que llevarla a la 109.
-¿A la 109? -La voz del muchacho era de sorpresa-. Doctor, nunca hemos utilizado esa habitación, no está habilitada.
-Lo está, Thomas.
Dicho esto, el muchacho musitó un "De acuerdo" y siguió el murmullo típico de un hospital normal y corriente. Escuchaba aún mejor, las ruedas de mi camilla, el roce de las batas de los enfermeros y algún que otro murmullo. Alguien empujaba la camilla, más rápido de lo habitual. Se abrió una puerta y el murmullo cesó, algo que mi cabeza agradeció. La camilla se había parado y no podía abrir los ojos, apenas me podía mover. Oí un ruido, un ruido de pasos que me martilleaba la cabeza y luego, un pinchazo en el brazo, pero ningún líquido penetrar en mi interior.
-¿Nombre? -Inquirió el hombre, y abrí los ojos, mis pupilas se adaptaron con rapidez a la luminosidad que desprendía el flexo que había sobre mi cabeza.
Era una habitación de hospital normal y corriente, con su camilla, su mesita y su baño propio. Pero había algo que fallaba, olía a sangre, apestaba a sangre. Clavé mis azulados ojos en él.
-Amy. Amy Unsterblich.
-¿Edad? Y no la que aparentas, Amy.
Se las sabía todas. Maldito vampiro con cara de anuncio de perfume.
-Trescientos tres. -Escupí mi edad real con asco, me sorprendía lo mucho que había vivido.
Le miré con la mandíbula tensa, mis colmillos habían salido de sus fundas mientras él apuntaba todos mis datos en un cuaderno pequeño.
-Con que Unsterblich... ¿Dónde naciste? Tu apellido es alemán.
-Inglaterra, ya debería saberlo, señor Metomentodo. -Puse los ojos en blanco, ya enfadada-. ¿Qué es lo que quiere de mí?
Miré de reojo los tubos a los que estaba conectada y vi que estaban enganchados a unas bolsas con unos líquidos de apariencia espesa y con un color vomitivo.
-Verás Amy... He visto cómo matas, te he estado observando. Eres una excelente cazadora, te gusta jugar con la comida y matas rápida y silenciosamente. Tienes mucha rabia dentro y quiero jugar con eso. Voy a aumentar tus capacidades mentales y a jugar con tu trastorno mental haciendo que, cada vez que sufras un episodio de carácter grave, canalices dichos episodios en descargar tu rabia de una forma especial.
Le miré con incredulidad, alzando una ceja. Estaba inmovilizada, me mantenía atada a la cama con la mente y, cada vez que intentaba soltarme, me sacudía una oleada de fatiga.
-¿Có...Cómo lo haces? -Jadeé con debilidad, el enfado era mayor que mis ganas de escapar, siempre era superior. Pero él tenía que poseer un don que paralizara el cuerpo del oponente.
-No eres la única que tiene dones, Amy.
Su sonrisa socarrona me ponía de los nervios. Estaba en lo cierto. El chico que le ayudó dejó caer el líquido por el gotero, sabía que tarde o temprano, iba a acabar en mis venas. Miré al doctor de nuevo.
-¿Por qué yo? ¿Por qué no puede ser otro vampiro? -Miré de reojo al chico, pero no se inmutó ante la palabra.
Se inclinó hacia mi rostro y yo no podía dejar de centrarme en el débil sonido que hacía el líquido del gotero al deslizarse por la vía, a punto de entrar en mis venas.
-Porque eres única en nuestra especie, Amy. No todos tenemos seis dones... Telequine...
Comenzó a enumerarlos, pero yo ya no podía prestarle atención. El líquido vomitivo se deslizaba rápidamente por mis venas y me cegaba por completo, abrasaba la sangre que corría por mis venas, una sangre que no era mía, si no de gente que he matado para conseguirla, gente que lo merecía, gente que no, gente cuyos rostros ahora pasan por mi mente mientras me sumo en un extraño, abrasador y agobiante sueño.
Visitas.
domingo, 23 de febrero de 2014
Thirsty.
Tum, tum. Tum, tum. Tum... Tum... Tum... Tum...
Su corazón se apaga, el brillo de sus ojos se desvanece, los gritos cesan. Pero no mi sed de sangre. Miré al cielo, en busca de comprensión mientras mis fríos y pálidos brazos dejaban el cadáver con cuidado y sin ápice de pena el cadáver de la chica en el suelo. Me limité a mirarla por última vez y bajarle los párpados, los seguía teniendo abiertos, no había dejado de mirarme mientras drenaba su sangre. Respeto, nada más. Me levanté y eché a correr, olfateando con avidez el aire. Me llevó a un barrio nuevo, uno residencial, donde la gente aún no era muy conocida en la ciudad, una sosa urbanización de casas iguales rodeada de un precioso bosque. Anduve a una velocidad humana, limpiándome las manos de sangre con un pañuelo que tenía guardado en uno de los bolsillos de los vaqueros. Me detuve frente a un mapa situado al principio de la urbanización, viendo, sin observar, las sosas hileras de casas iguales color pastel. De repente, me acordé del por qué de mi estancia en esa urbanización: La sed de sangre aumentaba.
En un abrir y cerrar de ojos, estaba situada en la calle más pegada al bosque, bastante vacía, a mi pesar, pero algo en el ambiente me atraía y pronto descubrí el qué. Situado al fondo de la calle, en un banco nuevo, recién pintado y sobre él, estaba un chico, de unos quince, quizá dieciséis años. Me acerqué a él, me senté a su lado y él me sonríe, sonrojándose y pensando qué hace una chica como yo, mayor que él e indudablemente la más guapa que ha visto en su corta vida, sentada a su lado y poniéndole ojitos. Reí suavemente y el joven se sonrojó más, su pulso se disparó y me abalancé sobre él sin pensarlo, drenando su sangre, saboreándola cuando ésta acaricia mi lengua. Necesitaba esto.
Cuando acabé con él, lo oculté tras los primeros árboles del bosque y algo en mi interior me decía que me estaban observando. No me equivocaba. Alcé la vista y vi una silueta de un joven algo más mayor que yo, cuyos ojos amarillentos buscaban los míos. Estaba tan bien oculto que solo distinguía su rostro y sus pies descalzos, lo suficiente para soltar un jadeo y comenzar a retroceder, asustada. "No es posible, tú no. Largo, siempre estás en mis pesadillas, no salgas de ellas". Me giré y eché a correr por las calles, doblando una esquina para perderle de vista cuando sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda y todo se volvió negro.
Su corazón se apaga, el brillo de sus ojos se desvanece, los gritos cesan. Pero no mi sed de sangre. Miré al cielo, en busca de comprensión mientras mis fríos y pálidos brazos dejaban el cadáver con cuidado y sin ápice de pena el cadáver de la chica en el suelo. Me limité a mirarla por última vez y bajarle los párpados, los seguía teniendo abiertos, no había dejado de mirarme mientras drenaba su sangre. Respeto, nada más. Me levanté y eché a correr, olfateando con avidez el aire. Me llevó a un barrio nuevo, uno residencial, donde la gente aún no era muy conocida en la ciudad, una sosa urbanización de casas iguales rodeada de un precioso bosque. Anduve a una velocidad humana, limpiándome las manos de sangre con un pañuelo que tenía guardado en uno de los bolsillos de los vaqueros. Me detuve frente a un mapa situado al principio de la urbanización, viendo, sin observar, las sosas hileras de casas iguales color pastel. De repente, me acordé del por qué de mi estancia en esa urbanización: La sed de sangre aumentaba.
En un abrir y cerrar de ojos, estaba situada en la calle más pegada al bosque, bastante vacía, a mi pesar, pero algo en el ambiente me atraía y pronto descubrí el qué. Situado al fondo de la calle, en un banco nuevo, recién pintado y sobre él, estaba un chico, de unos quince, quizá dieciséis años. Me acerqué a él, me senté a su lado y él me sonríe, sonrojándose y pensando qué hace una chica como yo, mayor que él e indudablemente la más guapa que ha visto en su corta vida, sentada a su lado y poniéndole ojitos. Reí suavemente y el joven se sonrojó más, su pulso se disparó y me abalancé sobre él sin pensarlo, drenando su sangre, saboreándola cuando ésta acaricia mi lengua. Necesitaba esto.
Cuando acabé con él, lo oculté tras los primeros árboles del bosque y algo en mi interior me decía que me estaban observando. No me equivocaba. Alcé la vista y vi una silueta de un joven algo más mayor que yo, cuyos ojos amarillentos buscaban los míos. Estaba tan bien oculto que solo distinguía su rostro y sus pies descalzos, lo suficiente para soltar un jadeo y comenzar a retroceder, asustada. "No es posible, tú no. Largo, siempre estás en mis pesadillas, no salgas de ellas". Me giré y eché a correr por las calles, doblando una esquina para perderle de vista cuando sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda y todo se volvió negro.
Diario de una enfermera. [Breve resumen del contenido del blog]
Agosto.
Gritos y sollozos provienen de la habitación 109, el doctor Lawrence es el único que entra y sale de ahí cargado de jeringuillas, morfina y, a veces, bolsas de sangre.
Septiembre.
Solo algún golpe sordo o algún sonido de cristales proveniente de la 109 rompe el sonido habitual del hospital. Nadie sabe lo que se esconde en esa habitación. A veces se escuchan gruñidos y chillidos dudablemente humanos, aunque Thomas ya nos avisó de eso.
Octubre.
Tres de octubre. Una curiosa enfermera en prácticas aprovecha la media hora de descanso del doctor Lawrence y se atreve a entrar a mirar para luego contárselo a las demás. Nunca la vimos salir.
Veinte de octubre. Ninguna enfermera se atreve a ir al final del pasillo, donde se halla la 109 después de que la jovencísima enfermera Kathy fuera hallada muerta en el río que se ve desde dicha habitación. Se dice que fue brutalmente asesinada.
Noviembre.
Han culpado a un joven de veintisiete años de la muerte de Kathy. Las enfermeras dudan de su culpabilidad. El doctor Lawrence dice no saber nada. Aumentan las donaciones de sangre en el hospital y, sospechosamente, la mayoría van a parar a la 109.
Diciembre.
Se dice que el supuesto asesino de Kathy se ha suicidado en su celda, las enfermeras respiran algo más tranquilas. Aumenta el miedo. Ya se sabe el sexo del paciente de la 109. Es una mujer. Thomas nos lo ha dicho, estaba harto de vernos cotillear.
Nadie sabe su nombre, pero sí que padece esquizofrenia.
Once de diciembre. El celador lo ha asegurado diciendo que ha escuchado en el interior de la habitación a una mujer gritar y arañar las paredes cuando fue a cambiar la bombilla del baño interno. La mujer estaba atada. Y si estaba atada... ¿Quién arañaba las paredes? ¿Por qué no está interna en el psiquiátrico?
Veinte de diciembre. Los rumores sobre la muchacha se habían dispersado entre los trabajadores del hospital, desde abortos hasta hipnotismos, el doctor parece satisfecho. Ya no se oyen gritos, de vez en cuando algún gruñido.
¿Qué clase de paciente ha traído el doctor al hospital?
Veintiséis de diciembre. Thomas dice que ha escuchado al doctor Lawrence en la 109 diciéndole a la joven que a finales de mes será trasladada al ala de psiquiatría. Tengo curiosidad por ver al nuevo juguete del doctor.
Treinta de diciembre. Algunas enfermeras nos hemos colocado estratégicamente a lo largo del pasillo, mirando de reojo la puerta de la habitación 109, a la espera de su apertura. El joven Peter Harker, el hermano de Lucy, había aparecido por la mañana con un paquete en la mano y había entrado en la habitación, saliendo de ella dos horas más tarde, ligeramente sonrojado. Raro que haya salido, después de lo de Kathy me da miedo acercarme.
Sobre las siete de la tarde, el doctor Lawrence caminaba a lo largo del pasillo, llave en mano y se limitó a abrir el cerrojo y desaparecer por el pasillo tan rápido como vino. Al cabo de un rato, contemplé cómo el pomo de la 109 giraba, la puerta se abrió lentamente. Una joven, de unos diecinueve años, tez pálida, pelo del color de la sangre y unos ojos celestes, con un cierto aire egocéntrico, inclinó la cabeza a modo de saludo cuando se percató de que la estaba mirando. Vestía un impoluto pijama blanco que todo paciente ha de llevar en el psiquiátrico, una pequeña maleta y los brazos al descubierto por llevar el pijama de verano, que mostraban múltiples heridas de pinchazos, que estropeaban ligeramente su piel tatuada. Cerró la puerta con cuidado y caminó por el pasillo, como si ya supiera dónde tenía que ir, dónde estaba la puerta que conectaba el hospital con el psiquiátrico, con una mirada fija y enfermiza, como la palidez de su rostro, un leve estremecimiento me recorrió de arriba a abajo, parecía peligrosa.
Dudo que sea real, no parece una joven normal como lo podía ser Anastasia o Kathy, algo en ella me daba bastante miedo. ¿Y si era cierto que el doctor Lawrence trataba a pacientes no humanos?
Gritos y sollozos provienen de la habitación 109, el doctor Lawrence es el único que entra y sale de ahí cargado de jeringuillas, morfina y, a veces, bolsas de sangre.
Septiembre.
Solo algún golpe sordo o algún sonido de cristales proveniente de la 109 rompe el sonido habitual del hospital. Nadie sabe lo que se esconde en esa habitación. A veces se escuchan gruñidos y chillidos dudablemente humanos, aunque Thomas ya nos avisó de eso.
Octubre.
Tres de octubre. Una curiosa enfermera en prácticas aprovecha la media hora de descanso del doctor Lawrence y se atreve a entrar a mirar para luego contárselo a las demás. Nunca la vimos salir.
Veinte de octubre. Ninguna enfermera se atreve a ir al final del pasillo, donde se halla la 109 después de que la jovencísima enfermera Kathy fuera hallada muerta en el río que se ve desde dicha habitación. Se dice que fue brutalmente asesinada.
Noviembre.
Han culpado a un joven de veintisiete años de la muerte de Kathy. Las enfermeras dudan de su culpabilidad. El doctor Lawrence dice no saber nada. Aumentan las donaciones de sangre en el hospital y, sospechosamente, la mayoría van a parar a la 109.
Diciembre.
Se dice que el supuesto asesino de Kathy se ha suicidado en su celda, las enfermeras respiran algo más tranquilas. Aumenta el miedo. Ya se sabe el sexo del paciente de la 109. Es una mujer. Thomas nos lo ha dicho, estaba harto de vernos cotillear.
Nadie sabe su nombre, pero sí que padece esquizofrenia.
Once de diciembre. El celador lo ha asegurado diciendo que ha escuchado en el interior de la habitación a una mujer gritar y arañar las paredes cuando fue a cambiar la bombilla del baño interno. La mujer estaba atada. Y si estaba atada... ¿Quién arañaba las paredes? ¿Por qué no está interna en el psiquiátrico?
Veinte de diciembre. Los rumores sobre la muchacha se habían dispersado entre los trabajadores del hospital, desde abortos hasta hipnotismos, el doctor parece satisfecho. Ya no se oyen gritos, de vez en cuando algún gruñido.
¿Qué clase de paciente ha traído el doctor al hospital?
Veintiséis de diciembre. Thomas dice que ha escuchado al doctor Lawrence en la 109 diciéndole a la joven que a finales de mes será trasladada al ala de psiquiatría. Tengo curiosidad por ver al nuevo juguete del doctor.
Treinta de diciembre. Algunas enfermeras nos hemos colocado estratégicamente a lo largo del pasillo, mirando de reojo la puerta de la habitación 109, a la espera de su apertura. El joven Peter Harker, el hermano de Lucy, había aparecido por la mañana con un paquete en la mano y había entrado en la habitación, saliendo de ella dos horas más tarde, ligeramente sonrojado. Raro que haya salido, después de lo de Kathy me da miedo acercarme.
Sobre las siete de la tarde, el doctor Lawrence caminaba a lo largo del pasillo, llave en mano y se limitó a abrir el cerrojo y desaparecer por el pasillo tan rápido como vino. Al cabo de un rato, contemplé cómo el pomo de la 109 giraba, la puerta se abrió lentamente. Una joven, de unos diecinueve años, tez pálida, pelo del color de la sangre y unos ojos celestes, con un cierto aire egocéntrico, inclinó la cabeza a modo de saludo cuando se percató de que la estaba mirando. Vestía un impoluto pijama blanco que todo paciente ha de llevar en el psiquiátrico, una pequeña maleta y los brazos al descubierto por llevar el pijama de verano, que mostraban múltiples heridas de pinchazos, que estropeaban ligeramente su piel tatuada. Cerró la puerta con cuidado y caminó por el pasillo, como si ya supiera dónde tenía que ir, dónde estaba la puerta que conectaba el hospital con el psiquiátrico, con una mirada fija y enfermiza, como la palidez de su rostro, un leve estremecimiento me recorrió de arriba a abajo, parecía peligrosa.
Dudo que sea real, no parece una joven normal como lo podía ser Anastasia o Kathy, algo en ella me daba bastante miedo. ¿Y si era cierto que el doctor Lawrence trataba a pacientes no humanos?
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